¡Vamos contra la obesidad infantil!

Aunque los mecanismos involucrados en el desarrollo de la obesidad aún no se entienden completamente, se sabe que la obesidad se produce cuando la ingesta energética supera el gasto energético. Hay múltiples etiologías para este desequilibrio, por lo tanto, el aumento en la obesidad no puede ser abordado por una única etiología.

Es cierto que existen actores genéticos que influyen en la susceptibilidad de cada niño en un ambiente propicio para la obesidad, sin embargo los factores ambientales, preferencias de estilo de vida y el entorno cultural parecen jugar un papel más importante en el aumento de prevalencia de la obesidad en todo el mundo. En un pequeño número de casos, la obesidad infantil se debe a genes tales como la deficiencia de leptina, por causas médicas como hipotiroidismo y deficiencia de la hormona del crecimiento o debido a efectos colaterales de ciertas drogas (como por ejemplo los esteroides).

Sin embargo la mayoría de las veces, los estilos de vida personales y el entorno cultural influyen significativamente en la obesidad.

Casi todos los investigadores de salud pública y los médicos están de acuerdo en que la prevención podría ser la estrategia fundamental para el control de la actual epidemia de obesidad. La salud pública requiere de una acción multisectorial. Algunos resultados favorables se han observado con intervenciones a pequeña escala que modifican el comportamiento de los niños frente a la TV, o la promoción del consumo de alimentos más saludables mediante el establecimiento de precios más accesibles.
Aunque pueden ser detectados benéficos resultados en este tipo de intervenciones, terminan siendo pequeños en comparación con el tamaño del problema.

Por otra parte, las mejoras obtenidas mediante la aplicación de estas estrategias a pequeña escala tienden a disminuir después de la intervención. Por lo tanto, se ha concluido que las intervenciones a nivel de la familia o la escuela, tendrán que ser acompañadas de cambios en el contexto social y cultural para que los beneficios puedan mantenerse y mejorarse.

El presente artículo tiene como objetivo presentar tres propuestas de acciones concretas para la prevención de la obesidad infantil, realizadas por diversos grupos e instituciones, así como los argumentos considerados para el desarrollo de las mismas.

Los desafíos del tratamiento y prevención de la obesidad infantil

Facilitar medidas preventivas para hacer frente a la obesidad infantil es complejo. En primer lugar, hay fuertes prejuicios contra las personas con exceso de peso y muchos niños son claramente conscientes de esto, incluyendo niños tan jóvenes como de 4 años de edad. Se debe tener cuidado de que los programas de prevención de la obesidad no induzcan prácticas no saludables para adelgazar, que pueden llevar al desarrollo de trastornos clínicos del comportamiento o de riesgo, como fumar para controlar el peso.

En segundo lugar, una nutrición adecuada es esencial para la preservación del crecimiento y el desarrollo normal. Una restricción energética en los niños obesos que estaban en dietas de reducción de peso, bien controlados y supervisados, han llevado a la reducción en la velocidad de su crecimiento. Además, el seguimiento cercano de los niños, niñas y adolescentes satura los recursos para las iniciativas de prevención. La situación actual requiere un enfoque de salud de la población, además del tratamiento de reducción de peso uno-a-uno requerido para los niños gravemente obesos o que sufren de complicaciones.

Todo lo anterior ha llevado a que las recomendaciones de los expertos se centren en las iniciativas de prevención con el objetivo de promover una alimentación saludable, una vida activa y una autoestima positiva en lugar de el logro de un peso ideal. De hecho, el mantenimiento prolongado del peso en lugar de la pérdida de peso, se recomienda para niños con sobrepeso leve sin complicaciones. La estabilización del peso, permite una disminución gradual en el Índice de Masa Corporal (IMC), que se considera suficiente para la mayoría de los niños (Flynn et al., 2006).

Antecedentes de las estrategias de prevención

Tradicionalmente, las estrategias de salud pública se han centrado en el individuo, promoviendo una alimentación saludable y una actividad física regular solamente para algunos (que tengan posibilidades de asistir a un gimnasio o consumir ciertos alimentos o marcas). Por lo tanto, al no ser una estrategia global y que contemple al grueso de la población, la tendencia natural es que la mayor parte de dicha población permanezca obesa, no pudiendo bajar de peso o reincidir después de la pérdida de peso inicial. Sin embargo, la prevalencia de la obesidad no parece deberse a una falta de interés por parte de los individuos en la población.

Por el contrario, en los EE.UU., donde la evidencia sobre las tasas de aumento de la obesidad son muy fiables, existen pruebas de que la mayoría de la población está activamente tratando de controlar su peso (Serdula et al., 1999). Algunos resultados favorables se han observado con intervenciones a pequeña escala que modifican el comportamiento de los niños frente a la TV o la promoción del consumo de alimentos más saludables mediante el establecimiento de precios más accesibles. Aunque pueden detectarse resultados benéficos en este tipo de intervenciones, terminan siendo pequeños en comparación con el tamaño del problema.

Por otra parte, las mejoras obtenidas mediante la aplicación de estas estrategias a pequeña escala tienden a disminuir después de la intervención, por lo tanto:

se ha concluido que las intervenciones a nivel de la familia o la escuela, tendrán que ser acompañadas de cambios en el contexto social y cultural para que los beneficios pueden mantenerse y mejorarse.

Existe un consenso creciente de que una intervención eficaz para hacer frente a la epidemia de obesidad requiere un enfoque multi-estratégico, en el que participen todos los niveles de la sociedad, tanto para la población como para el individuo, a la introducción de una política y una legislación que afecta a poblaciones enteras. Así, evaluaciones recientes sugieren un cambio de paradigma que considera entender y abordar el entorno en el que las personas toman decisiones sobre el consumo de alimentos y su participación en actividades físicas (Flynn et al., 2006). Se considera que una estrategia que involucre una mayor inversión en acciones que afecten al total de la población, es necesaria para hacer frente a los medios ambientes obesogénicos. Este concepto promueve la integración de las actividades, de modo que varias enfermedades crónicas con factores de riesgo en común puedan ser tratadas al mismo tiempo. Por ejemplo, un programa que integre la tres principales estrategias de vida saludable (dieta, actividad física y salud mental) tiene la capacidad de hacer frente a enfermedades cardiovasculares, a la diabetes tipo 2 y al cáncer de forma simultánea. La integración también favorece la optimización de los recursos, envía mensajes congruentes al público y potencialmente puede mejorar el acceso de estas estrategias a las poblaciones marginadas.

Dicha prevención y estrategias requerirán de un esfuerzo coordinado entre la comunidad médica, administradores de salud, maestros, padres, productores y elaboradores de alimentos, comerciantes minoristas y empresas de catering, anunciantes y planificadores de medios de comunicación, recreación y deporte, arquitectos urbanos, urbanistas, políticos y legisladores.

Los factores de riesgo para la obesidad infantil

Con el fin de evaluar las opciones para la prevención de la obesidad infantil es necesario tener en cuenta las causas conocidas o factores de riesgo asociados que puedan estar generando la obesidad. Se sabe que ciertos trastornos genéticos y endocrinos conducen a un exceso de peso corporal, pero es poco probable que puedan vincularse al rápido aumento en el sobrepeso infantil visto en los últimos 10 ó 20 años. Existe un mayor riesgo de sobrepeso infantil asociada a la discapacidad física, la epilepsia, la supervivencia al cáncer, la diabetes tipo 1 y tratamiento con algunos medicamentos, pero de nuevo: es poco probable que estos factores puedan estar vinculados a la reciente subida en la prevalencia del sobrepeso y la obesidad.

Otros factores de riesgo incluyen, tener un padre con sobrepeso, diabetes materna, el tabaquismo en el embarazo, la ganancia de peso al nacer, incremento de peso rápido en la infancia, rebote adiposo precoz, menor estatus socioeconómico familiar, el grupo de población en particular (etnia, condición de inmigrante reciente) y el pobre funcionamiento familiar (negligencia o desinterés de los padres). Puede haber buenas razones para vincular uno o más de estos factores a la reciente subida de la obesidad infantil, pero hay poca evidencia para apoyar tal vínculo, y es poco probable que ninguno de estos factores por sí solo pueda explicar el aumento.

Otros cambios ambientales en las últimas décadas también pueden ser considerados. Por ejemplo, las temperaturas en las zonas residenciales y de trabajo son cada vez más controladas a través de la calefacción central y el aire acondicionado, lo que puede influir en la termogénesis fisiológica y por lo tanto en el balance de energía humana. La contaminación del medio ambiente humano con sustancias químicas capaces de tener efectos endocrinos -tales como los componentes de algunos pesticidas usados ​​en la agricultura y los agentes plastificantes utilizados en el embalaje de alimentos- también pueden aumentar el riesgo de obesidad.

Sin embargo, las tendencias recientes y más probablemente relacionadas con el aumento de la obesidad en la infancia implican cambios en los patrones de consumo de alimentos y la actividad física. Los cambios en los hábitos alimenticios maternos y en las prácticas de alimentación infantil también deben tenerse en cuenta. Existen varios estudios europeos que indican que la lactancia materna puede proteger contra la obesidad.

Cambios dietéticos en los patrones de los niños que pueden estar vinculados al aumento en la obesidad, los cuales incluyen el consumo de alimentos ricos en energía con bajo contenido de micronutrientes, como los bocadillos grasos, comida rápida, galletas, pasteles, dulces, chocolates, refrescos y helados.

Dentro de los indicadores de los cambios en las dietas, informes de las industrias comercializadoras muestran aumento de las ventas de bebidas sin alcohol durante la década de 1990 y a principios del 2000. También ha habido un aumento sustancial en la prevalencia de restaurantes de comida rápida: McDonald’s, la cadena más popular, afirma que el número de tiendas en Europa Occidental aumentó de cero en 1970, a menos de 500 en el año 1980, más de 1000 en 1990 y a más de 5000 en el 2000. En el este de Europa, el número ha aumentado de cero tiendas en 1990 a cerca de 1000 tiendas en 2000.

El tamaño de las porciones que se consumen también puede haber aumentado, las porciones de bebidas en los años 1970 y 1980 raramente excedían los 330 ml, pero en la década de 1990 las porciones aumentaron a 500 ml y recientemente porciones individuales de 600ml son vendidos en puntos de venta y las porciones de 750 ml se ofrecen en los restaurantes de comida rápida. Entre un cuarto y un tercio de los adolescentes europeos informan haber consumido al menos una bebida dulce todos los días, lo que indica que estos productos pueden tener un efecto significativo sobre el consumo de energía.

Los patrones de alimentación pueden ser relevantes, tales como un aumento en el “pastoreo” (consumo frecuente de bocadillos pequeños y de refrescos), y la ausencia de desayuno. Estos patrones de alimentación pueden verse afectados por la comercialización de productos alimentarios. Encuestas de publicidad en televisión y sus efectos en niños de 11 países europeos, muestran que la mayoría de los productos dirigidos a los niños son alimentos densos en energía, tales como refrescos, cereales dulces de desayuno, dulces, snacks, junto con el estímulo para visitar las tiendas de comida rápida. Siendo uno de los países con los niveles más altos en publicidad por televisión para niños, el Reino Unido es digno de un examen específico. Una estimación de la exposición de los niños a la publicidad televisiva en el Reino Unido sugiere que el niño promedio ve más de 77,000 anuncios de comida durante su infancia (edad de 1 a 17 años) sobre la base de cifras del 2003. Por otra parte, una revisión sistemática reciente de la literatura ha concluido que la exposición a la publicidad televisiva influye en la elección de alimentos realizadas por los niños, no sólo cambiando la marca del producto, sino también en el aumento del consumo total de esa categoría de producto.

Los alimentos comercializados específicamente para los niños, con personajes de dibujos animados, deportistas famosos, premios, regalos, etc., son por lo general de mala calidad nutricional. Una encuesta realizada en el Reino Unido de productos que se venden directamente a los niños, encontró que una gran proporción de estos son alimentos altos en grasas, grasas saturadas, sodio (sal) o azúcar. Solamente una proporción muy pequeña fue baja en todos estos componentes. La encuesta incluía cereales para el desayuno, alimentos enlatados, carnes procesadas y otros alimentos envasados ​​que se venden con etiquetas diseñadas para atraer a los niños. La encuesta excluye dulces, refrescos, aperitivos salados y “golosinas”, tales como pasteles de cumpleaños.

El sedentarismo también se reconoce como un factor que contribuye al aumento de peso infantil. Hay evidencia en Grecia de que mayores tiempos dedicados a la televisión, están vinculados a un elevado índice de masa corporal de una manera dependiente de la dosis, y los estudios de Estados Unidos han demostrado que el tiempo que se pasa viendo la televisión está directamente relacionado con la ganancia de peso durante un período de cuatro años.

Los niños que ven televisión durante períodos prolongados tienen un mayor riesgo de aumentar de peso por varias razones: están expuestos a influencias comerciales, son relativamente inactivos mientras ven la televisión, y pueden aumentar el consumo de refrescos y bocadillos.

Otros aspectos sobre la actividad física también pueden ser considerados: datos de la Comunidad Europea mostraron que es necesario evaluar los cambios en los niveles de seguridad en la calles para las actividades de los niños, la seguridad en parques, juegos para niños, el uso de vehículos para el transporte alrededor del área local, la presencia y uso de vías ciclistas seguras (Lobstein, 2004).

 Aquí les dejo las tres propuestas:

Propuesta 1

Propuesta 2

Propuesta 3

Invito cordialmente a todos nuestros visitantes a que nos den su punto de vista y retroalimenten estas propuestas con sus ideas.

Mientras más personas propongamos, más fácil podremos llegar a una propuesta concreta.

¡Todas las ideas son valiosas, deja un comentario! 

Referencias

Lobstein TBaur LUauy RIASO International Obesity TaskForce. Obesity in children and young people: a crisis in public health. Obes Rev. 2004 May;5 Suppl 1:4-104.

Lobstein T. The prevention of obesity in children. Pediatr Endocrinol Rev. 2004 Aug;1 Suppl 3:471-5.

Ohri-Vachaspati P, Leviton L, Bors P, Brennan LK, Brownson RC, Strunk S. Strategies proposed by Healthy Kids, Healthy Communities partnerships to prevent childhood obesity. Prev Chronic Dis. 2012;9:E11. Epub 2011 Dec 15.

Lobstein T, Baur LA. Policies to prevent childhood obesity in the European Union. Eur J Public Health. 2005 Dec;15(6):576-9. Epub 2005 Aug 10.

Lobstein and Boyd S. Health Promotion to Prevent Obesity. Capítulo 9.

Flynn MA, McNeil DA, Maloff B, Mutasingwa D, Wu M, Ford C, Tough SC. Reducing obesity and related chronic disease risk in children and youth: a synthesis of evidence with ‘best practice’ recommendations. Obes Rev. 2006 Feb;7 Suppl 1:7-66.

Ebbeling CB, Rawlak DB, Ludwig DS. Childhood obesity: public-health crisis, common sense cure. Lancet 2002; 360: 473– 482.

Egger G, Swinburn B. An ‘ecological’ approach to the obesity pandemic. Br Med J Public Health 1997; 315: 477–480.

Kumanyika SK. Minisymposium on obesity: overview and some strategic considerations. Annu Rev Public Health 2001; 22: 293–308.

Serdula MK, Mokdad AH, Williamson DF, Galuska DA, Mendlein JM, Heath GW. Prevalence of attempting weight loss and strategies for controlling weight. JAMA 1999; 282: 1353– 1358.

Health Canada. The Population Health Template: Key Ele- ments and Actions that Define a Population Health Approach, Draft July, Health Canada Population and Public Health Branch, Strategic Policy Directorate. Author: Ottawa, 2001.

Health Canada. Integrated Pan-Canadian Healthy Living Strategy. Health Canada.Available at:

http://www.hc-sc.gc.ca/ English/lifestyles/healthyliving/index.html, 2003

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